viernes, 26 de marzo de 2010

G. Durrel dixit.

Poco a poco la magia de la isla se nos iba posando suave y adherente como un polen. Cada día tenía tal tranquilidad, tal atemporalidad, que deseábamos que no acabase nunca. Pero la oscura piel de la noche se rasgaba para entregarnos otro día más, polícromo y brillante como una calcomanía y con el mismo matiz de irrealidad.

Gerarld Durrel.
Mi familia y otros animales.


miércoles, 17 de marzo de 2010

Kafka dixit.

Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso. Estaba echado sobre el quitinoso caparazón de su espalda, y al levantar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas durezas, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.


Franz Kafka.
La metamorfosis.

Y es que se aproximan cambios; y siempre es bueno recurrir a los clásicos y documentarse un poco antes de lo inevitable.

Como decía aquella canción: inevitable significa que no se puede parar... tu, tu, turuuu....


martes, 16 de marzo de 2010

Murakami dixit.

Nadie se sumerge en ninguna aventura esperando resultados mediocres. La gente, pese a tener un chasco nueve de cada diez veces, desea tener al menos una experiencia suprema, aunque sólo sea una vez. Y eso es lo que mueve el mundo. Eso es el arte, supongo.

Haruki Murakami.
Al sur de la frontera, al oeste del Sol.




Cuanto más escucho a Albert Pla, más brillante me parece...

jueves, 4 de marzo de 2010

Casanova dixit.

A veces, cuando la noche me aprisiona
suelo sentarme frente a una cabina telefónica
y contemplo las bocas que hablan
para lejanos oídos.
Y cuando el hielo de la soledad
me ha desvenado, los barrenderos moros
canturrean tristemente
y las estrellas ocupan su lugar, yo acaricio el teléfono
y le susurro sin usar monedas.

Félix Francisco Casanova.
De la memoria olvidada.