domingo, 30 de octubre de 2011

Woolf dixit.

Así, en muy pocos segundos, hábiles y clarividentes, desciframos los jeroglíficos escritos en las caras de los demás. Aquí, en esta sala, se encuentran las desgastadas y aporreadas conchas lanzadas por el mar a la playa. La puerta sigue abriéndose. La sala se llena y se llena de conocimiento, angustia, muy diferentes clases de ambición, mucha indiferencia y algo de desesperación. Entre todos nosotros, me dices, podríamos construir catedrales, dictar políticas a seguir, condenar hombres a muerte y dirigir los asuntos de varias instituciones públicas. El común acervo de experiencias es muy profundo. Entre todos nosotros tenemos un gran número de hijos de uno y otro sexo, a los que estamos educando, a los que visitamos en los internados cuando tienen el sarampión y a los que preparamos con el fin de que hereden nuestras casas. De una u otra manera hemos dado importancia a este día, este viernes, por el medio de acudir a los tribunales de justicia, otros a los bancos y centros de negocios, otros a la clínica, y otros por el medio de desfilar en cuatro de a fondo. Un millón de manos cosen, suben cuezos con ladrillos. La actividad es infinita.

Las olas.
Virginia Woolf.


lunes, 24 de octubre de 2011

Milonga


Gracias, Argonauta. :)
http://vidaargonauta.blogspot.com/

Sábato dixit. (III)

Fué una espera interminable. No sé cuanto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fué una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados

El tunel.
Ernesto Sábato.