domingo, 30 de octubre de 2011

Woolf dixit.

Así, en muy pocos segundos, hábiles y clarividentes, desciframos los jeroglíficos escritos en las caras de los demás. Aquí, en esta sala, se encuentran las desgastadas y aporreadas conchas lanzadas por el mar a la playa. La puerta sigue abriéndose. La sala se llena y se llena de conocimiento, angustia, muy diferentes clases de ambición, mucha indiferencia y algo de desesperación. Entre todos nosotros, me dices, podríamos construir catedrales, dictar políticas a seguir, condenar hombres a muerte y dirigir los asuntos de varias instituciones públicas. El común acervo de experiencias es muy profundo. Entre todos nosotros tenemos un gran número de hijos de uno y otro sexo, a los que estamos educando, a los que visitamos en los internados cuando tienen el sarampión y a los que preparamos con el fin de que hereden nuestras casas. De una u otra manera hemos dado importancia a este día, este viernes, por el medio de acudir a los tribunales de justicia, otros a los bancos y centros de negocios, otros a la clínica, y otros por el medio de desfilar en cuatro de a fondo. Un millón de manos cosen, suben cuezos con ladrillos. La actividad es infinita.

Las olas.
Virginia Woolf.


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