miércoles, 11 de abril de 2012

Cartarescu dixit. (II)

Amigos prosistas para quienes escribo mi historia, creo que vuestra atención ya ha debido distraerse. Sin duda os imagináis que exploto la vena trasnochada, más que trasnochada del niño, héroe capaz de sacrificarse en aras de una idea o de una causa noble. Tal como le conocimos, es cierto, el Mendébile tenía algo de este arquetipo. Pero fundamentalmente –espero demostrároslo– se parecía sobre todo al Nemechek de la novela húngara Los chicos de la calle Paul. Sus actos, sus palabras, de las que ahora me acuerdo con una claridad definitivamente sospechosa después de este naufragio de más de veinte años en la bruma coloreada de mi subconsciente, no tenían nada de infantil; eran fantasías que se apoderaban con insidia de nosotros para atraparnos en sus redes.

[…] «No –pronunció el Mendébile–, no existe un infinito único, sino una infinidad de infinitos. Sobre esta línea, de diez centímetros de longitud, existe naturalmente una infinidad de puntos, pero en una línea de un metro hay muchos más. […] El mundo contiene infinitos de gran talla e infinitos menores: esta silla es un infinito, el clavel es un infinito, esta tiza es un infinito. Infinitos que entrechocan y se devoran mutuamente. Existe, no obstante, un infinito que contiene todos los otros infinitos. Lo imagino con la forma de un infinito rebaño de toros.»

El juego.
Mircea Cartarescu.

viernes, 6 de abril de 2012

Camus dixit.


Entendí, más o menos que, a su juicio, sólo había un punto oscuro en mi confesión, el hecho de haber esperado para hacer un segundo disparo. Lo demás estaba muy bien, pero eso no lo comprendía.

Iba a decirle que se equivocaba al obstinarse. Pero me cortó y me exhorto una última vez, erguido en toda su estatura, preguntándome s yo creía en Dios. Respondí ue no. Se sentó con indignación. Me dijo que era imposible, que todos los hombres creían en Dios. Respondí que no. Se sentó con indignación. Me dijo que era imposible, que todos los hombres creían en Dios, incluso los que se apartaban de su faz. Tal era su convicción y si alguna vez la pusiera en duda, su vida ya no tendría sentido. “¿Quiere usted –exclamó-, que mi vida carezca de sentido?” A mi juicio, ese asunto no me concernía, y se lo dije. Pero por encima de la mesa, puso el Cristo ante mis ojos y gritó desatinadamente. “Soy cristiano. Le pido que perdone tus pecados. ¿Cómo puedes creer que no sufrió por ti?” Me di perfecta cuenta de que me tuteaba. Me sentía harto. El calor se hacía cada vez más fuerte. Como siempre, cuando deseo desembarazarme de alguien al que apenas escucho, hice como si lo aprobara.

Para sorpresa mía, prorrumpió en triunfo: “¿Lo ves?, ¿lo ves?  –decía - ¿No es cierto que crees, que vas a confiar en él?”. Por supuesto, dije una vez más. Volvió a derrumbarse en su sillón.

El extranjero.
Albert Camus.