viernes, 6 de abril de 2012

Camus dixit.


Entendí, más o menos que, a su juicio, sólo había un punto oscuro en mi confesión, el hecho de haber esperado para hacer un segundo disparo. Lo demás estaba muy bien, pero eso no lo comprendía.

Iba a decirle que se equivocaba al obstinarse. Pero me cortó y me exhorto una última vez, erguido en toda su estatura, preguntándome s yo creía en Dios. Respondí ue no. Se sentó con indignación. Me dijo que era imposible, que todos los hombres creían en Dios. Respondí que no. Se sentó con indignación. Me dijo que era imposible, que todos los hombres creían en Dios, incluso los que se apartaban de su faz. Tal era su convicción y si alguna vez la pusiera en duda, su vida ya no tendría sentido. “¿Quiere usted –exclamó-, que mi vida carezca de sentido?” A mi juicio, ese asunto no me concernía, y se lo dije. Pero por encima de la mesa, puso el Cristo ante mis ojos y gritó desatinadamente. “Soy cristiano. Le pido que perdone tus pecados. ¿Cómo puedes creer que no sufrió por ti?” Me di perfecta cuenta de que me tuteaba. Me sentía harto. El calor se hacía cada vez más fuerte. Como siempre, cuando deseo desembarazarme de alguien al que apenas escucho, hice como si lo aprobara.

Para sorpresa mía, prorrumpió en triunfo: “¿Lo ves?, ¿lo ves?  –decía - ¿No es cierto que crees, que vas a confiar en él?”. Por supuesto, dije una vez más. Volvió a derrumbarse en su sillón.

El extranjero.
Albert Camus.

 

2 comentarios:

  1. bieeen, nuevo libro para leer, ya te contaré,un abrazo María :)

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    1. El extranjero es genial, seguro que lo disfrutas. Otro abrazo para ti y gracias por pasarte.

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