miércoles, 11 de abril de 2012

Cartarescu dixit. (II)

Amigos prosistas para quienes escribo mi historia, creo que vuestra atención ya ha debido distraerse. Sin duda os imagináis que exploto la vena trasnochada, más que trasnochada del niño, héroe capaz de sacrificarse en aras de una idea o de una causa noble. Tal como le conocimos, es cierto, el Mendébile tenía algo de este arquetipo. Pero fundamentalmente –espero demostrároslo– se parecía sobre todo al Nemechek de la novela húngara Los chicos de la calle Paul. Sus actos, sus palabras, de las que ahora me acuerdo con una claridad definitivamente sospechosa después de este naufragio de más de veinte años en la bruma coloreada de mi subconsciente, no tenían nada de infantil; eran fantasías que se apoderaban con insidia de nosotros para atraparnos en sus redes.

[…] «No –pronunció el Mendébile–, no existe un infinito único, sino una infinidad de infinitos. Sobre esta línea, de diez centímetros de longitud, existe naturalmente una infinidad de puntos, pero en una línea de un metro hay muchos más. […] El mundo contiene infinitos de gran talla e infinitos menores: esta silla es un infinito, el clavel es un infinito, esta tiza es un infinito. Infinitos que entrechocan y se devoran mutuamente. Existe, no obstante, un infinito que contiene todos los otros infinitos. Lo imagino con la forma de un infinito rebaño de toros.»

El juego.
Mircea Cartarescu.

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